Hablar del sudeste asiático como destino barato sigue teniendo sentido, pero solo cuando se acompaña de números reales. El problema aparece cuando esa idea se transforma en una falsa sensación de barra libre y el viaje se organiza sin márgenes para transporte, cambios de divisa o excursiones.
Lo más útil no es perseguir una cifra milagrosa por día, sino trabajar con bloques de gasto. Alojamiento, comida, transporte y actividades deben mirarse como conjuntos, porque donde más se encarece un viaje no es en el gran lujo, sino en la suma de improvisaciones pequeñas.
También conviene distinguir entre ciudades más caras, zonas turísticas saturadas e islas con logística peor resuelta. No se comporta igual Bangkok que una ciudad secundaria de Vietnam, ni una isla popular que un destino de interior.
Viajar barato no consiste en gastar lo mínimo, sino en gastar con intención. Cuando el presupuesto está bien pensado, el viaje gana libertad en lugar de perderla.